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Las Crudas Confesiones de Un Chef Imprimir E-Mail
domingo, 02 de diciembre de 2007

Más de treinta años de su vida le costó a Edgar Torres admitir que su opción sexual no tenía por qué obligarlo a ser marginal. Una historia de lucha y superación.

EL APERITIVO

ChefCorría el mes de enero de 1982, yo tenía 16 años y todas las noches me reunía con mis amigos de la cuadra a perder el tiempo en la esquina. Una noche nos pusimos a jugar tarro. Cuando recién comenzamos la segunda ronda, observé cuando Sebastián saltó el muro de la escuela para ocultarse allí. El era un vecino de mi edad que de tiempo atrás me hacía sentir un cosquilleo perturbador. Sin pensarlo dos veces tomé impulso y lo seguí. Salté el muro y corrí hacia él haciéndome el desentendido. Puse mi dedo en el labio indicándole que guardara silencio. Con voz cómplice le dije: - Aquí podemos esperar y libertarlos a todos-.

Estábamos tendidos en el pasto y empezaba a oscurecer. Afuera se oía el bullicio de la calle, pero yo sólo escuchaba los latidos de mi corazón. Sebastián siempre me ponía nervioso. En las tardes cuando practicábamos ejercicios en la barra me extasiaba mirándolo. Sus ojos tenían una malicia que contrastaba con dos hoyuelos que se formaban en las mejillas cuando se reía. El corte de cabello raso, como de soldado, lo hacían ver muy varonil. Usaba los jeans apretados, lo que hacía que sus caderas y muslos se vieran provocativos. ¡Dios mío! Si que me gustaba su manera de hablar.

Después de unos cuantos minutos de estar ahí en silencio, escuchamos un ruido. Nuestros cuerpos se juntaron. El calor empezó a quemarme. Mi respiración se convirtió en un jadeo. Mi corazón latía frenéticamente. De repente, sin mediar palabra, el volcán que bullía en mi interior estalló. Sin darme cuenta, mis manos empezaron a tocarlo. ¡Y qué alegría: me correspondió! Nos sumergimos en un intercambio de afanosas caricias y nada pudo detenernos.

Sebastián se convirtió en mi primer amor y el barrio Keneddy en el paraíso para vivirlo. El parque, que quedaba a una cuadra de mi casa, se convirtió en el refugio perfecto. Era un terreno ondulado, con arbustos y maleza donde las parejas se escondían para hacer el amor. Había dos canchas de fútbol, donde a veces jugábamos picaditos. Al frente había una laguna de la que, con el agua hasta el pecho, y enterrados en el lodo, sacábamos lombrices para vendérselas los domingos a los pescadores que las usaban como carnada. Con el dinero que conseguíamos, nos íbamos ver las películas de Bruce Lee. Comprábamos toda clase de galguerías, que devorábamos después del sexo. Oíamos rock and roll, fumábamos a hurtadillas y hasta probamos la marihuana juntos.

La marihuana nos sensibilizaba. Gracias a ella, hacíamos largas caminatas, hablábamos de lo divino y lo humano. Convertíamos cualquier tema trivial en un debate filosófico. Divagábamos sobre nuestro futuro. Nos sentíamos libres y dueños del mundo. Pero la dicha nos iba a durar poco.

Una tarde nos encerramos, como siempre, en mi cuarto. Cansados, después de una jornada de pasión, nos quedamos dormidos. Se hizo tarde y cuando Sebastián salió corriendo, se estrelló con mi mamá que volvía del trabajo. Las velas de incienso que había prendido no alcanzaron a mitigar el olor de la marihuana. El desorden en mi cama era acusador. La desilusión de mi mamá no pudo ser mayor. Ya podrán imaginar lo que siguió. La paliza que recibí fue demasiado severa. Pero más que los golpes me dolieron sus palabras de censura y su consternación. Ese día empezó mi confusión.

Como castigo me mandaron a vivir con unos tíos en Barranquilla. Mi mamá tenía la esperanza de que yo cambiara. Que mis pasiones se sosegaran.

MACEDONIA DE EMOCIONES

Al año siguiente volví de Barranquilla. Lejos de mi familia, había aprendido a disimular mi sexualidad. Ahora estaba en el dilema típico de todos los de mi edad. Iba a cumplir 18 años, necesitaba trabajar y no tenía libreta militar. Como no tenía dinero para comprarla, me regalé. Me convertí en soldado regular.

El compartir con 180 muchachos saturados de testosterona, viciosos, ladrones, y uno que otro ingenuo, todos con sueños y planes, me enseñó a mimetizar mi homosexualidad. Aprendí qué era lo que a los hombres les gustaba de las mujeres: buenas piernas, tetas grandes, caderas voluptuosas. Yo imitaba los piropos que ellos les hacían. Miraba sus traseros y levantando las cejas les decía mintiendo ¡está buenísima!

La rutina militar me asfixiaba y sólo lograba escapar de ella fumando marihuana. Años después, agradecía haber tenido esa experiencia porque en las cocinas se vive un ambiente prácticamente castrense. Durante los meses que pasé en el ejército construí una máscara que ocultaba mis sentimientos y deseos más íntimos. Pero al salir tendría otra prueba de fuego: el mundo laboral.

Entré a trabajar como vigilante en Cafam. Era divertido. Formábamos improvisados comandos para patrullar el supermercado, con puestos de centinelas fijos en los lugares más apetecidos por las cuadrillas de ladrones. Como ellos conocían nuestro sistema de operar, nos ponían de carnada a los rateros reconocidos mientras los nuevos "mecheros" hacían de las suyas.

El supermercado es una ciudad en pequeño. En el centro la gente es reserva y siempre de afán. Caminan con aire de importancia, compran productos de manufactura más elaborada y de preparación instantánea. Son prácticos. En el sur, por el contrario, la mayoría va sin afanes. Chismosean todas las novedades, y generalmente va toda la familia. Salir a mercar es una actividad de esparcimiento.

En el norte está la clientela impersonal. La que asume que cada empleado es su sirviente. Invierten inmensas sumas de dinero para mostrar a sus vecinos y amigos que están in, y ni siquiera alcanzan a percibir que al otro lado de la ciudad hay gente fiando una panela para darles algo caliente a sus hijos.

En el supermercado nadie sabía que yo era homosexual. Por tratar de ocultarlo viví una de las peores experiencias de mi vida.
Liliana era una mercaderista agraciada, desenvuelta, con un cuerpo que todos los hombres deseaban. Ella me invitaba a almorzar, a comer, a salir juntos. Su amistad me permitía guardar las apariencias, pero empezó a incomodarme cuando se tornó más cariñosa. Siempre que nos cruzábamos hacía una seña ridícula enviándome besos. No sabía como escapar a su acoso.

Varias veces había llorado diciéndome que me quería. Convencido de que todas las mujeres tienen cierto grado de dignidad, le pregunté si estaría dispuesta a tener una aventura conmigo. Creía que nunca aceptaría una propuesta como esa. Pero ¡oh sorpresa! Sonrió y me dijo:
-Claro mi amor.

Me quedé callado y así permanecí por varios días. Ella se me había puesto en bandeja de plata y por lo que yo sabía ningún hombre desprecia una oportunidad como esa. Si la rechazaba ella se imaginaría que yo era homosexual y lo comentaría con otras compañeras. Un amigo que sabía todo me dijo:
-Marica, es su oportunidad. Pruebe y verá que ahí se queda. Ellas son muy tiernas y si usted les cae bien, hasta generosamente se portan.

Acosado por mi temor, y con un gran interrogante sobre si tener relaciones con una mujer me podría cambiar, la invité a salir.
Fuimos a un lugar del centro de la ciudad, que me pareció reservado. Siguiendo el consejo de mi amigo, pedí media botella de aguardiente. A pesar de no haberme tomado ni un sólo trago, tenía mucho calor, producto del nerviosismo. En unos segundos me invitó a bailar. Me sorprendí en medio de la pista, con un pulpo que se asía de mí en un contoneo que producía repulsión en todo mi ser.

¡Qué diferencia cuando visitaba algún club nocturno gay! La sola idea de pasar un viernes allí hacía que toda la semana me llenara de excitación. Dandy¿s Club y Alex¿s Club, allá en la Calle 22 entre carreras 6 y 7. También estaban cerca La Escondida y Tasca. Calles donde el transeúnte común se ruboriza al ver escenas amorosas, de gentes con pintas extrañas. Son lugares apetecidos para la rumba. Hay una sensación liberadora: poder compartir sin los prejuicios que afuera se ven. Es un mundo aparte. En uno de estos sitios se puede ver a dos hombres maduros de bigote y corbata, uno contra el otro, besándose sin pudor.

Pero volvamos a Liliana. Después de bailar, y estimulado por los tragos logré la tan anhelada erección y con afán la invité a un reservado, esperando cumplir el refrán "el mal paso, dalo rápido". Aún hoy viene a mi mente el recuerdo de su cuerpo ansioso devorándome, de su sexo húmedo y su ondulante cabello sobre mí. Recuerdo cómo se mecía con furor y yo impávido, ausente, perdido. ¡Qué farsa!
Nunca la volví a ver.

LOS DÍAS AMARGOS

Estaba metido de lleno en el consumo de droga. Un año antes el jíbaro del barrio, al comprar la yerba me dio a probar una mezcla de bazuko con picadura de cigarrillo. Compre uno para ensayar. Olía rico. Se me ocurrió hacer uno con marihuana. Una combinación más intensa a la que llaman maduro o diablillo que genera una sensación difícil de describir. Nunca hay plenitud ni satisfacción. Despierta una pulsión desbocada por prender uno tras otro y otro. Por el "maduro" hay profesionales cargando costales en las calles. Por él, muchos llegaron al Cartucho, y aún al cementerio.

En medio de la paranoia que me producía la droga, recorría las calles de Kennedy con una insaciable ansia por seguir metiendo. Perdí el apetito, el sueño y las ganas de hablar. Con frecuencia sufría de depresiones que me generaban culpabilidad y aumentaban más el rechazo y rabia hacia mi ser. Maldecía por ser homosexual.

Me aburrí en el trabajo. De la misma forma que cambiaba de oficio lo hacía con mi vivienda. Mi familia estaba cansada de pasar noches en vela, de soportar mi melancolía, de ver como me quedaba sin dinero, de mi testarudez y mi rebeldía. Me echaron de casa.

Vivía para consumir vicio. Lloraba a altas horas de la madrugada suplicándole a Dios que me permitiera enamorarme. Mi promiscuidad era aterradora. Iba rodando por un tobogán sin avistar nada al final de él.

Estaba sin esperanza, sin ganas de cuidarme. Mi familia me permitió quedarme en el cuarto de la lavadora donde me tendieron un colchón. Observar cómo la vida de mis hermanos iba hacia delante me hizo sentir avergonzado y triste. Me derrumbó. Los ojos llorosos de mi madre me dolían en el alma. Pero no podía manifestarle afecto. Estaba seco, demacrado, bajo de peso y tenía quemada la piel por la intemperie. En un arranque de indignación me arrodillé y en medio del llanto le supliqué a Dios:
-¡Quítame la vida! ¿Por qué me hiciste así?

Recorrí con afán las gavetas de toda la casa. Junté cuantas pastillas había, especialmente la droga psiquiátrica que le habían prescrito a mi abuela y las ingerí con unas gotas de Ribotrin. Me recosté absorto, anhelando nunca volverme a levantar. Tenía 27 años y no podía cargar mi caparazón. Los excesos habían colmado mi vida. Creía que iba a tener una muerte sin dolor pero me desperté en medio de terribles retorcijones. Vomité hasta el alma, y me hice un lavado de estómago que me salvó la vida. Menos mal.

Después la crisis menguó un poco y me fui al Guaviare a trabajar durante dos años, cogiendo coca.

SUEÑOS FLAMBEADOS

Regresé con algunos pesos y con ganas de reiniciar mi vida. Una mañana decidí ayudarle a mi mamá en el almuerzo. Monté dos ollas en la estufa, una para la pechuga de pollo, y otra para la pasta, mientras preparaba un guiso. En cuestión de media hora estuvo el plato: espaguetis con pollo, acompañados de ensalada.
Cuando me di cuenta, mi mamá me estaba mirando con una sonrisa.
-No te das cuenta mijo que tu eres bueno para esto.
-¿Para qué? - pregunté yo mientras rumiaba un hueso de pollo
-Pues para cocinar- dijo ella.

Como si fuera un presagio me convertí en cocinero. Me inscribí en el Sena, y tres meses después con mis uniformes nuevos, cuchillos de combate y gran ilusión inicié mi aprendizaje, el cual hoy aún no termina. Calificado algunas veces como chef, otras como sancochero, sufriendo quemaduras, cortadas, regaños, desengaños y satisfacción en muchos casos. Trabajando a veces con las uñas, en lugares que parecen mazmorras, restaurantes de medio pelo, comedores comunitarios, ejecutivos, corrientes, casas de banquetes. Poco a poco recogiendo secretos de mujeres explotadas en su mayoría, con un salario infame, de las cuales he aprendido cómo sortear emergencias. Pero así como me ha tocado ser cocinero de combate estuve en una de las mejores cocinas de la ciudad durante dos años: El Club Los Lagartos.

Nunca olvidaré el día de mi entrevista. Esa mañana no me trabé para no embarrarla. Traspasé la portería del Club, feliz. Los jardines bien cuidados, el lago inmenso donde los niños ricos bronceados esquían, los autos lujosos que entran y salen por el corredor de asfalto que conduce a la zona administrativa, me hicieron soñar con un futuro mejor.

Después de una extraña entrevista con el Chef Carlos Parada, que no me preguntó nada sobre el oficio, me di cuenta que el empleo era mío. Al despedirme le pedí que me permitiera ver la cocina.

Esa tarde me di cuenta de que por fin acababa de encontrar algo importante en mi vida. Una vocación que realmente me apasionaba y que sería muchas veces mi único polo a tierra. Fue maravilloso ver la brigada en plena función; las llamas que se erguían sobre las cacerolas; los malabares de los cocineros; el ruido que en el trasfondo producían las máquinas lavaplatos; el chirrear de las planchas; el golpetear de los cuchillos; el desfile de meseros recogiendo sus pedidos y partiendo veloces en medio de las estelas de vapor que rodeaban todo el ambiente. El chef era un verdadero capitán y los cocineros como grumetes se movían según las órdenes.

Era gracioso trabajar en medio de empleados toma tragos, mentirosos, manipuladores que atendían a la flor y nata de la sociedad. Imitábamos los modales de los socios, comíamos lo mismo que ellos, nos bebíamos sus licores importados, y hasta los domingos en la noche, cuando el Club quedaba vacío nos metíamos en el sauna.

En una noche de esas que me prendí bastante, utilicé una llave duplicado del cuarto de las bebidas para tomarme un último whisky antes de salir. ¡Y qué sorpresa! el subchef, me sorprendió con las manos en la masa. Ese fue el whisky más caro de mi vida, porque aunque no me echaron, cuando terminé la pasantía me dio temor que no dieran buenas referencias mías, y nunca las pedí. Por eso terminé trabajando en restaurantes de medio pelo y no en las grandes cocinas.

Un día cualquiera me entrevistaron para una vacante en la recién formada zona de distensión del Caguán. Buscaban un cocinero para atender al consejero de paz Víctor G. Ricardo y sus comitivas. La posibilidad de rozarme con gente que pudiera palanquearme un mejor trabajo con un salario más llamativo me tentó. ¡Qué equivocado estaba! Aunque sí gané más, parecíamos presos por las condiciones de orden público que prevalecían allí.

La falta equipos de refrigeración, la dificultad para conseguir víveres frescos y el misterio en cuanto al número y día de llegada de los comensales nos obligaba a estar en una continua espera. Atender a senadores, ministros, pilotos y corbatas no trajo ninguna buena oportunidad. Lo único de rescatar fue ver los tejemanejes políticos que se cocinaban como un buen puchero alrededor del tratado de paz que allí se intentaba firmar y que sólo en oficios como el mío se tiene acceso.

Ante un rumor de la posible toma del lugar, por parte de las autodefensas, decidí dejar mi protagonismo político y poner pies en polvorosa.

EXPERIENCIAS AGRIAS

Después del Caguán estuve durante casi dos años en la Costa. Al principio se me abrieron todas las puertas. Hasta tuve mi propio restaurante. Pero seguía consumiendo droga por montones y buscando el amor en los bares gays. No sé cómo paso, pero un día terminé de rodillas en una iglesia. Experimenté algo fuera de la lógica racional y de lo probable. Me hice creyente. Me vinculé a una iglesia cristiana y durante un año no sentí necesidad de la droga. Hasta que con un amor furtivo volví a fumar marihuana. En poco tiempo volví a ser un esclavo del vicio. Consumía tanto que acelerado caminaba toda la noche en un continuo pánico. Dormía poco y me fui acabando. Al final vendí el restaurante y durante tres meses tuve una vida extraña. Sólo me levantaba para embalarme. Me quedé sin un peso y terminé viviendo de la caridad de la gente de la iglesia. Unas monjas me dieron plata para regresar a Bogotá.
Avergonzado volví a la casa de mi mamá buscando apoyo. Ella estaba cansada de ver mis altibajos. Me dio tres días para resolver mi situación. Di tumbos durante varios meses hasta que busqué ayuda en el Departamento Administrativo de Bienestar Social DABS, que es la entidad de la alcaldía que tiene programas para ayudar a los adictos. Pero como no llegué hecho un ñero, con un costal al hombro, no me atendieron. Me pidieron requisitos tan absurdos como decir cuál era mi parche y llevar testigos de que era drogadicto. No entendía. Estaba solo, relegado, por ser drogadicto. Y por no estar hecho un indigente no podía recibir ayuda.

Empecé a golpear puertas en cuanta fundación me nombraban. Fue así como terminé en un centro de rehabilitación cristiano en el Restrepo. Durante tres años estuve entrando y saliendo de ese lugar.

El director del centro, a quien los internos llamaban pastor, era un explotador. Si bien nos ofrecía techo y comida, teníamos que trabajar para su bolsillo. Hacíamos trapeadoras y artesanías; y ayudábamos en su fábrica de tamales. A pesar de que estas microempresas le generaban utilidades, los internos teníamos que rebuscarnos la comida retacando en plazas y panaderías con la consabida retahíla que apela a la misericordia de la gente. Vendí dulces en los buses, bolsas de basura, traperos, escobas, y hasta un día me encontré gritando por las calles: ¡tamales! ¡tamales!

Las intensas jornadas de trabajo para recoger la cuota obligatoria que había que llevar al hogar al final del día me hacían sentir rabia e impotencia. Varias veces salía de este hogar y volvía a la calle a consumir. Para después volver con el rabo entre las piernas a pedir auxilio. Hasta que un día me quedé definitivamente en la calle. Muy pronto sabría lo que era tocar fondo.

COMBINADO CALLEJERO

Iba en caída libre. Solo, sin trabajo. Confundido, empecé a vender marihuana. Visitaba continuamente la hoya del Bronx. Cinco manzanas en pleno centro de Bogotá, que sobrevivieron a la demolición de El Cartucho y que es considerado la gran despensa de droga de la ciudad. Allí amontonados contra las paredes y el piso, una masa de personas decrépitas, como zombies envueltos en harapos, se anestesian con una mezcla de alcohol industrial y frutiño. Embalados, se prestan para cualquier fechoría con tal de conseguir más dinero. Allí hay abogados, arquitectos, comerciantes, que en otras épocas fueron importantes en sus familias y comunidades, pero de quien ahora nadie quiere saber, o no conocen su paradero.

En la hoya no debes invitar a nadie, ni regalar nada. La gente está tan curtida por la maldad, el dolor y el rechazo, que la generosidad recibe como respuesta un manotazo. La ley la imponen los mayoristas de droga, según sus caprichos. Allí la vida no vale mucho. Por lo general yo entraba al Bronx a comprar droga. Consumía un poco allí y salía como un bólido, con delirios de persecución. El ver tanta gente apiñada cerca de sus propios excrementos, con miradas perdidas y desafiantes, me exaltaba y me hacía huir. Mis continuas visitas a este infierno me sirvieron como espejo. Temía que un día de estos no fuera capaz de salir allí.

Me había convertido en un indigente. Por fin llenaba los requisitos para ser atendido por la alcaldía. Empecé a asistir a los hogares de paso. En las tardes varias camionetas del Distrito se ubicaban en sitios que todo el mundo conoce. Cuando estaba cansado, hacía fila para alcanzar un cupo. En el hogar me bañaba, me cambiaba de ropa, comía y tenía una cama y cobijas para dormir. En la mañana desayunaba y salía. Muchos indigentes usan estos hogares apenas como refugio. Pero otros, como yo, están buscando una salida.

Uno de los facilitadores del hogar me sugirió internarme en una comunidad terapéutica. A mis 41 años llegué al Hogar El Camino. ¡Quién iba a creer! Un lugar donde nadie me conocía y sin embargo, los funcionarios de este lugar, con mucha paciencia y terapias, han logrado restaurar mi vida. Al cabo de nueve meses he logrado aceptar por primera vez en mi vida, mi homosexualidad, abandonar la droga y restablecer lazos afectivos con mi familia.

Yo no escogí mi rostro, ni a mis padres, ni aún el RH de mi sangre fue mi elección. De la misma manera no decidí mi orientación sexual. Me costó muchos años aceptarlo. Y en el camino me deprimí y me hundí en las drogas. Ahora me muevo con respeto en los entornos que me brinda mi restauración. Trabajo en la Cárcel Distrital como jefe de cocina, gracias a la confianza que un antiguo empleador depositó en mí. Sólo Dios sabe la libertad que ha traído a mi vida el aceptarme como soy. No sentirme culpable, ni menos que nadie. En adelante quiero vivir cada momento de mi vida como si fuera el último.

Vivimos tiempos difíciles. En Bogotá hay más de siete millones de personas, muchas quizás, con una historia como la mía. Mi voz es la de ustedes, en La ciudad jamás contada.



Artículo tomado de: El Tiempo - Colombia

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